lunes, 13 de enero de 2014

supernova

Presentado al III Concurso de Microrrelatos Románticos ACEN, convocado por la Asociación Cultural de Escritores Noveles de Castellón (ACEN)
Publicado en el libro solidario "Cachitos de Amor III. 
  
Al indagarnos por dentro, desde el silencio de un universo mantenido sin palabras, respiramos esa calma cósmica que entre sombras nos besaba. Me diste luz. Me hiciste luz. Mi alma, siempre oscura y vacía, se llenó de la tuya. Privadas ya de sol y luna, nuestras distancias se redujeron hasta desenfocarnos. Descansando en tus ojos, reflejados, los míos te miraban...
  
http://acencs.org/publicaciones/microrrelatos-publicaciones/cachitos-de-amor-iii/ 

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noche sin musa

Presentado al II Concurso de Microrrelatos "Pluma, Tinta y Papel", convocado por Diversidad Literaria
Publicado en el libro "Pluma, tinta y papel II".
 
No miró atrás. No intentó borrar ese adiós pronunciado en rotundo tono de tinta azul. Se alejó caminando con pasos silábicos sobre una línea que se escapaba por el margen derecho del último folio. Perdiéndose, perdiéndome, perdiéndonos en dos horizontes recíprocos, las huellas de sus últimos pasos acabaron haciéndose puntos seguidos de finales suspensivos...



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lunes, 18 de noviembre de 2013

caminos gastados

Microrrelato presentado al VI Concurso de Relato Breve "Relatos con Zapatos" convocado por la Fundación Cajarioja
Arnedo (La Rioja) 2013



Supongo que nací sin zapatos. No conservo ninguna fotografía que pueda hacer pensar lo contrario. Mis primeras apariciones en el escenario de este mundo se produjeron, al parecer, calzando unos patucos de hilo de un blanco inmaculado. De eso sí que hay alguna imagen en ese álbum familiar que mis padres guardan en su casa.

Aunque he visto cientos de veces los retratos iniciales de mi niñez, sigo sin poder recordar qué vestían mis diminutos pies durante esos meses que los bebés pasan entre la cuna y los brazos de mamá y otras personas. Intuyo que no se necesita nada especialmente resistente para unos pies que aún no caminan. Así suele ser.

Y entonces llegaron a mi vida unos zapatos cedidos -no sin cierta desgana- por mi hermano mayor, en metáfora perfecta que me regalaba las patadas que probablemente él mismo me habría dado si dar patadas a un niño fuese política o fraternalmente correcto. Desconozco su particular opinión al respecto.

Poco antes de mi primer tropiezo llegó ese primer paso que papá no pudo inmortalizar en vídeo. No sé si fue por estar demasiado ocupado, o porque en aquellos años no existían cámaras de vídeo asequibles para una típica familia de la típica clase media. 

Vamos, lo típico. Te empeñas en dar todo lo que hay en ti, para por fin colocar tu cuerpo en vertical y lanzarte a la aventura de andar, y entre el público no hay siquiera unas manos que rompan en aplausos. Esas manos sólo llegan para levantarte de la alfombra tras los dos pasos y medio que estrenan tu nueva condición de caminante.

Por lo visto, y a juzgar por las palabras que verbalizaban un cariño materno seguramente nada objetivo, a partir de ese momento me convertí en la atracción del hogar. Cada una de mis caídas era acogida con ternura y esas habituales voces adultas distorsionadas por los ecos de una aún reciente paternidad: Veeeeeeengaaaaaaa, otro pasiiitoooooo...

Al año siguiente, cuando el tamaño del salón resultó ser inadecuado para colmar mis infantiles curiosidades, el pasillo pasó a ser mi pista de entrenamiento. Un pasillo largo, estrecho y amenazante, repleto de obstáculos en forma de macetas, perchero, paragüero o felpudo. En ocasiones, incluso, mi descalabrado trote era interrumpido por choques accidentales contra obstáculos móviles con cuerpo de hermano o disfrazados de madre atareada que salía de las habitaciones sin mirar. Todos me decían que dejase de correr, que en casa no se corre, que parase quieto... lo cierto es que nunca me apeteció obedecer sus órdenes ni sus censuras.

Poco a poco mi estilo de carrera doméstica se fue depurando, haciéndome merecedor de unas zapatillas deportivas nuevas. Sin estrenar. Sin trámite alguno de herencia. Sólo mías. Mías para mí. Tan mías como sus cordones grises, cuya exagerada longitud se convertía en un reto recurrente al inicio de cada día.

Fue mi madrina quien, con una especie de juego, me enseñó a anudar esos cordones. Doble lazada, todo un compendio del saber que, al principio, asombró a los demás niños del parvulario. Ellos -según tengo entendido- corrían menos que yo y sí que paraban quietos en sus casas; acaso sus pasillos fuesen largos y estrechos remansos de tranquilidad sin carreras de fondo.

Pronto el doble nudo se convirtió en la norma del recreo, y la novedad se fue diluyendo a medida que mis pies crecían y demandaban otras experiencias en nueva tierra que pisar. Y más nudos en más cordones.

Para intentar dormir por las noches, combatiendo la ausencia de calefacción en la casa del pueblo, mis pies solían abrigarse al calor de un fuego granate de lana. En su femenina paciencia, mi abuelita Tina tejía patucos para todos sus nietos. Yo la ayudaba al resucitar algunas prendas viejas en nuevos ovillos, y su peculiar forma de agradecer mi más que limitada colaboración consistía en regalarme esos pares de patucos rojos con mayor frecuencia que al resto de mis primos, siempre de la exacta medida de unos pies que añadían milímetros sumando hojas del calendario.

Al llegar la primera comunión descubrí lo desastrosamente horribles que pueden llegar a ser los mocasines negros en los pies de un niño. Por suerte para mí, las sucesivas comuniones que siguieron a la primera siempre caían en domingo, y así sólo uno de cada siete días mi indomable personalidad era conducida temporalmente al redil de los mocasines, los calcetines de hilo (mismo hilo blanco de aquellos pretéritos patucos), y unos pantalones cortos que nunca llegué a adivinar si lo eran por moda o como reflejo de una depauperada economía familiar.

Por extrañas paradojas de un destino caprichoso y bromista, esa misma semana llegó a mi vida un invento que desterraba al pasado los dobles nudos y cordones grises de mi más reciente historia personal. El cierre con velcro de unas zapatillas blancas fue el mejor antídoto contra ese tedioso negro de los zapatos de los domingos.

A una infancia de no parar le sobrevino un creciente sosiego de juventud. Madurez y cansancio a partes iguales, creo. Y, aunque de modo menos impulsivo que hasta entonces, continué caminando.

Comencé a disfrutar de pasos dados sin un destino previsto. Lentos paseos por las calles, o en plazas vacías de cualquier ciudad. Pasos improvisados que, al chocar contra el suelo, sonaban arrastrados o ágiles, según fuese el momento. Sobre todo, según fuese el ánimo y el ritmo del latir de mis propios pies.

Todavía hoy, sea por terapia o necesidad, suelo quitarme los zapatos para sentir en la piel las certezas vitales de textura y frío de adoquines. Caminar descalzo por una ciudad vacía me hace sentir a gusto conmigo mismo. Caminar descalzo por una ciudad llena de gente hace que te tomen por loco. En resumen, y por acercar posturas, camino descalzo conmigo mismo y con mis mismas locuras.

Cada paso dado, desconocedor de su real importancia, se suma a todos esos pasos ya consumidos que alguna vez me llevaron a lugares tan inciertos y remotos como deseados. Moviéndome en caminos frecuentemente equivocados, siempre existirán otros pasos que, al desandar mis errores, corrijan rumbos para prevenir reproches.

Tengo la no pretendida y extraordinaria suerte de recordar cuantos pares de zapatos o zapatillas han abrazado mis pies en los momentos más especiales. Zapatos que se ensuciaron durante una fiesta o la pisaron a ella al bailar. Zapatillas para conducirme a solas, mientras respiro calma de amaneceres. Botas de trabajo pisando bosque y riberas. De la niebla de otoño a los soles de agosto, mojados de lluvia y rocío, mis pasos indagan lunas en el reflejo acuoso del sur de mis ojos. Zapatos que, hechos de abandono, vagan barrios desolados en la incierta búsqueda de paraísos plurales.

Llegado a casa, unos pies cansados deambulan rendidos. Caen gotas de tarde sobre la alfombra hasta inundar de noche todos los rincones, ya casi llenos de oscuridad y vacío. Y las horas se desgastan entre ruinas de presente.
Vendrán futuros. Quedan vidas por venir. Vendrán, para fabricar mis anhelos, esos días sin curtir que todavía hoy no existen. Sucesivos pares aún por estrenar. Caminos multiplicados en los que aleatorias huellas, hechas de suelo, sonarán canciones improvisadas en partituras de asfalto.

El mar que me sostiene, ese mismo que me ahoga, susurra al alma palabras de arena y latidos de sal que van muriendo en la orilla. De todas las playas recorridas -pienso- siempre la mejor es la siguiente, esa que aún está por descubrir. Sueño que duermo. Enterradme descalzo. Quiero caminar, desnudo, cada recuerdo de mis varios cielos...

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lunes, 21 de octubre de 2013

negro antracita

Microrrelato presentado al X Concurso de Relatos Mineros Manuel Nevado Madrid convocado por la Fundación Juan Muñiz Zapico

No por tendencia. No por un impuesto y obligado luto. Su pena se viste, externamente, de ese mismo color que tiñe el interior de su alma. Cubierta de lana o seda, su existencia se hace negra en instantes que día a día se multiplican.

Por ausencia. Por el extremo dolor de las palabras, los amores y las sonrisas que el frío y negrura de la noche le arrebataron para siempre. Por los casi veinte otoños que no llegaron a ser invierno. Su tiempo de él, murió demasiado pronto por la tarde. Su tiempo de ella, se detuvo apenas iniciado. Sus tiempos, compartidos, murieron al detenerse.

El dolor se vuelve agreste en las estancias de una casa a menudo vacía y silenciosa; llena del silencioso vacío que la asfixia. Sólo un llanto repetido puede hacer aún más cruel la joven soledad de un corazón que envejeció de repente. Cruel soledad de saberse viva al vivir de recuerdos. Saber que muere, subyugada, bajo el inapelable peso de pretéritos besos que dejaron de entregarse.

Negro es su odio. Negros sus rencores. Reproches negros hacia un destino ingrato y traidor. Sus noches, negras. Tan negras como la tinta de estos párrafos. Oscuras voces desgarran esos labios apretados, horizontales, amordazados e incapaces de pronunciar, desde entonces, las cuatro sílabas que esculpieron el epitafio de sus días: “Pozo Candín”.

Yermos, sus días se anudan con los siguientes días. Angustia que asesina, a diario, todas las ficciones de desear futuros. Su pasado se estrecha como galerías de un infierno hecho de escombros y olvido. Excavada en la tierra fértil de sus anhelos, en el peligroso frente de una guerra hiriente que duele aún más a quien sobrevivió, su trinchera y su presente se derrumban en colapso de sueños apagados; ya sin luz.

Sobre el cristal de sus ojos sus lágrimas anotan las cifras repetidas del haber de las ausencias, ajustando cuentas con la vida al sumar injustas decepciones que se acumulan.

Cada nuevo día, a cada final de cada tarde, mientras prepara la cena, su cuerpo tiembla y su mirada arrasada se pierde y fluye en huída acuosa de miradas sin brillo. Mamá llora.

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martes, 27 de agosto de 2013

apuntes de nuestras VIDA


....prismas de otoño germinan azares;
cinceles de sombra escriben nuestras VIDA.

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microtextos II

Contando los años....

En mis mapas del tiempo
se dibujan tus horas....

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sábado, 6 de julio de 2013

microtextos I

Por ir concluyendo....

- Y, al final, ¿en qué acabó el tema?
- Pues nada.... al final, TODO.

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viernes, 5 de julio de 2013

quiero que me veas llorar (final)

(Parte del capítulo final del relato "quiero que me veas llorar", escrito como terapia del alma allá por 2004)
 

... y sé que no hace falta decir lo que pienso, porque ella ya lo sabe todo; y también ella se calla las cosas que ambos sabemos, porque no hace falta decirlas.

– Quiero dormir cada noche abrazado a ti, y que me perdones todo lo que me puedas perdonar – le susurro a los ojos – y despertarte cada mañana siguiente con un beso que me devolverás porque esa noche me has vuelto a perdonar.
– Yo también lo quiero – responde Tania –. Quiero que me veas llorar siempre que lo haga, porque estoy cansada de impedírtelo; porque – continúa – yo también soñé una noche con el laberinto y te vi pasar y supliqué en silencio, o a gritos que parecías no escuchar, que me ayudases, y llegué a pensar que te habías ido, que tenías tanta prisa por llegar a la playa que no me habías visto llorar en mi rincón, al final de mi pasillo.

Y si ahora lloramos juntos es porque los dos logramos escapar y ahora estamos aquí, – se detuvo un instante, reconociéndose en ese ángel que dibujaba el infinito en un cristal mientras observaba las luces de la ciudad para asegurarse de que no veía ninguna línea verde – porque tú sigues vivo y yo acabo de descubrir que nunca lo estuve tanto como en este momento.

Posó sus labios sobre los míos, intentando que ese beso durase para siempre. Lo hizo de una forma dulce, suave y delicada, procurando no hacerme daño – y no lo hizo, nunca lo hace – y pienso, por vez última, en un laberinto y en un viaje que, ahora sí, se acababan de convertir en un sueño lejano y pasado de fecha.

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quiero que me veas llorar (capítulo 1)

 (Parte del capítulo inicial del relato "quiero que me veas llorar", escrito como terapia del alma allá por 2004)

1.
He soñado. Y no se puede decir que el mero hecho de soñar sea algo importante en sí mismo, pero sí lo es cuando no se hace durante meses o, si se hace, al llegar el día no recuerdas haberlo hecho. Supongo que hay muchas situaciones en las que resulta difícil saber si algo ha sucedido, quisieras que hubiese sucedido o, también, sí que ha sucedido pero tú mismo no has sido consciente de ello. Da igual. Ahora mismo me siento bien porque sé que he soñado, a pesar del propio sueño, a pesar de los remordimientos, a pesar de las lagunas que se me presentan en algunos pasajes al intentar recordarlo; a pesar de que mi empeño por intentar describirlo no alcance a mostrar todos los detalles particulares ni la esencia misma que hace que para mí sea un sueño especial y, aunque recurrente, distinto.

Estoy caminando por un laberinto de paredes altas y verticales que impiden ver lo que hay más allá, aunque algo hace presagiar que no hay nada más allá, sólo hay más de lo mismo, todo es laberinto. Estoy en un laberinto con un suelo enlosado y húmedo sobre el que crece, cuando encuentra una pequeña grieta, algo de hierba que consigue dibujar una cuadrícula imperfecta de piedras que se deslizan ante mí o sobre las que, más bien, deslizo unos pasos lentos, repetidos, apagados. En los charcos se refleja el cielo que hoy, de puro gris, parece querer caerse del todo y dejar de estar a su nivel, como si quisiera bajar aquí y aplastar todo lo que encuentre en su descenso, incluyendo las paredes, la escasa hierba, y a mí mismo.

No hay pájaros o, al menos, no se escuchan. No hay ningún indicio de vida ruidosa que me permita ubicar este escenario. Decido seguir recorriendo los pasillos para cerciorarme de que me encuentro solo, para agotar todas las opciones; para, tal vez, no arrepentirme nunca en un futuro de no haberlo hecho, de haberme rendido.


Se escucha una voz que dice que esto es lo que hay, que esta desconcertante simetría es el único mundo que me corresponde, que afronte la realidad de suelos mojados, paredes infranqueables y cielos desafiantes. Me planteo esa posibilidad, y ese planteármelo dura algo así como un segundo, no más. Me niego a creérmelo. Me niego a pasar el resto de mi vida viendo crecer y agostarse unas hierbas raquíticas en cualquier caso; me niego a ver cómo se forman y se deshacen charcos inconsistentes ante mis pies descalzos; me niego a quedarme mirando ese cielo desde aquí; me niego a sentarme y dejar que pase el tiempo; me niego a dejar que pase el tiempo y sentarme.

Y entonces me elevo sobre los muros, flotando con una sensación de alivio interior que no repara en que cuanto más ascienda más dolorosa sería una más que probable caída – a fin de cuentas, es la primera vez que vuelo –, siento esa inseguridad que me late en el cuello y que me hace temblar. Pero no, no caigo al suelo, y ya he sobrepasado la parte alta de los muros y puedo indagar nuevos paisajes a mi alrededor.

No hay elementos que me permitan orientarme aunque, bien pensado, eso no importa porque ni sé dónde estoy ni hacia dónde ir. Recuerdo ese cuento de Ícaro que nos hicieron leer en la escuela. A sabiendas de que rompe con lo establecido, de que desbarata planes impuestos de antemano por alguien externo a él mismo, a pesar de implicar algún rasgo de suicidio premeditado o, más bien, resultado de muerte consentida, Ícaro no duda en su empeño por escapar de la seguridad del laberinto; una seguridad que no aporta nada, salvo esa seguridad de sentirse a salvo de un mundo exterior que desconoce y no duda en suponer peligroso. Hace años que lo leí y lo entendí, pero sólo en este momento significa algo para mí, porque ahora soy yo el que se niega a una existencia acomodada a unas reglas que no quiero obedecer.

¿Dudó Ícaro sobre lo que iba a hacer? ¿Cuánto duró esa lucha entre sus deseos de algo y su miedo a lo desconocido? ¿Dudó Ícaro porque él no había leído su cuento en la escuela?

Seguramente esa duda, que se hacía más real a medida que se acercaba el momento de escapar, siempre estuvo ahí dentro, porque el fin último del laberinto es hacerte dudar, aislar tu mente hasta el extremo de que no te importe morir para evitarlo, y es precisamente en ese instante cuando estás preparado para dejarlo atrás. Y es entonces cuando descubres que puedes volar y nunca se te ocurrió intentarlo porque dabas por hecho que los hombres no vuelan, que los hombres sólo pueden caminar, correr, o pararse y dejarse morir.

Mientras pienso esto, sobrevuelo kilómetros y kilómetros de laberinto, y veo a otras muchas personas que lo recorren, que se sientan, que golpean las piedras hasta destrozarse las manos y el alma; incluso veo a personas quietas, temblorosas, decepcionadas, absortas en la contemplación estática de un rincón que supone su final, porque el resto del camino recorrido hasta llegar a ese rincón no ofrecía ningún tipo de respuesta ni, sea dicho, una promesa de que tal respuesta se hallase al fondo del pasillo, y ya no tienen ganas de desandar sus pasos. Ni tiempo. Esas personas son las víctimas del laberinto. No puedo evitar un esbozo de tristeza al tener la certeza de su situación: son las que nunca podrán dejarlo, las que un día se unirán a esos acantilados de esqueletos y cadáveres recientes que se encuentran al final del laberinto que comienzo a divisar, a mi derecha.
 

Ante mí se abre un mar de un azul entre cobalto y más oscuro, pero tampoco importa lo más mínimo, porque el azul me gusta en todos sus tonos y matices, y siempre consigue relajarme.

Playas de arena, y otras sólo de piedra, separan el mar de una tierra en la que van posándose el resto de los que decidieron escapar. También hay gaviotas. Y también hay ausencias que me dicen que alguien escapó y se rindió ante la inmensidad del mar, o debido a ella – que no es lo mismo.

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sábado, 29 de junio de 2013

tiempo de dhow

Inspirado por palabras de Alicia C. M.
Presentado a Purorrelato. I Concurso de microrrelatos de Casa África


Llegará tarde al aeropuerto. Así es su vida. Siempre con prisas. Llegará tarde. El avión no la esperará. Los vuelos son mercancía. No saben de personas.

Recostada en el asiento, cinceles de brisa golpean el vestido esculpiendo siluetas de sombra en la quietud de la arena. La melena, divertida, juega a besar sus mejillas.


Sus ojos atrapan todo el rojo que un sol inmenso derrama sobre la bahía y, en el horizonte, enciende hogueras en las velas de los últimos dhows que regresan a casa. Se recrea en cada brillo, cada reflejo, como queriendo no perderse ningún detalle del atardecer. Se llena de este tiempo, de este Índico húmedo, cálido y salado que respira.

Durante mucho tiempo ha olvidado contemplar las puestas de sol. Demasiados tiempos. Demasiados soles perdidos. Sus atardeceres de Madrid suelen ser monocromía blanca de luz de laboratorio.

Suena viento. Suenan charlas en la distancia. Suenan rezos desde el alminar de la mezquita de Shela. Suenan olas sonando a mar. Suena Alicia, toda hecha de silencios...

La locución del vagón destruye recuerdos de ocasos y mares al arrasar sus oídos con futuros pregrabados: “próxima estación: Mar de Cristal”

Y, entonces, sonríe serena al recordar las palabras de Najib en la playa de Lamu:
 

- El dhow no zarpará sin nosotros. No tiene hora, ni tiempo. Un dhow siempre espera hasta que llega el último viajero. Lo contrario no tendría sentido.


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jueves, 27 de junio de 2013

adivina, adivinanza...

Texto escrito allá por 1º de BUP para la clase de Lengua. (León, 1993)

- ¿Qué hace un romano sin lanza?
- El amor, y no la guerra.


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domingo, 23 de junio de 2013

te regalo presente, entropía, tu verdad

Presentados al II Certamen Internacional de Narrativa Breve, convocado por la Fundación Fondo Internacional de las Artes (Madrid, 2013)
   
entropía
Por mí. Por ti. Porque sí. Al agitar las preguntas se disuelven los porqués...

te regalo presente
Porque fuimos somos infinitos, al volar nos hicimos hacemos cielo.

tu verdad
No necesitas quince palabras que hablen de amor. Ya eres experta en escuchar mis silencios.

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viernes, 21 de junio de 2013

es (era) cuestión de tiempo...

Inspirado por océanos de sueños entre A.G y A.C.
Presentado al III Concurso de Microrrelatos ACEN

Publicado en el libro solidario "Bocados Sabrosos 3"

Se miran. Se abrazan. Acaban de destrozar a golpes dos relojes desfasados. Minutos antes se besaban en la terminal. A finales de la pasada primavera descubrieron que sus días latían a 8.783 kilómetros de distancia; tan lejos como el grosor de un billete de avión. Años atrás, se atrevieron a perderse. Hoy sus vidas se viven en los instantes comunes de un presente coincidente.

Madrid, 2 de noviembre de 2013


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miércoles, 19 de junio de 2013

y si....?

Logroño, 19 de junio de 2013


Y si tus rincones en sombra lloran amarguras,
les daré más luz para hacer de tus lágrimas un cielo de estrellas.


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dor-mi-¿dos?

Logroño, 18 de junio de 2013
Presentado al
I Concurso de microrrelatos románticos "Porciones del alma", convocado por Diversidad Literaria.
Publicado en el libro "Porciones del Alma".



Con besos y palabras
tus labios fabrican mis mejores insomnios....


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con cesión exclusiva de derecho de reproducción, indicando autoría,
para la edición comercial de la antología "Porciones del Alma"

lunes, 17 de junio de 2013

microversos III

Versos opiáceos en una mañana de lunes. Castildelgado (Burgos) 17 de junio de 2013


Porque fueron infinitos, son,
se hicieron, se hacen cielo....


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domingo, 16 de junio de 2013

microversos II

Versos paridos después de la siesta y antes del café...


Por mí. Por ti. Porque sí.
Al agitar las preguntas se disuelven los porqués....


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sábado, 15 de junio de 2013

microversos I

Versos paridos durante una visita a la desembocadura del Río Tirón en el Ebro.
Haro (La Rioja) 13 de junio de 2013



Los chopos de junio se nievan sobre el Ebro.
Patos que gritan cua cua cualquier silencio....


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sábado, 1 de junio de 2013

jura futuro...

Poesía levemente cercana a la película "El Cuervo"
León, 2002


Quien de negras plumas caídas tapizó su patria

deja nidos de abandono en yermos de furia;

niega huellas de reproche en cicatrices de nostalgia;

anhela más de su mismo mundo.

Jura futuro.



Se detuvo para siempre ese reloj que no hubo,

mimado el granito de mil noches por un rato de la tuya.

Tus ojos abolieron la eternidad de mi lluvia

y, dejando de serlo, se olvidó el oscuro.

(que ya no volverá a volar nunca)



¿Qué siente, mientras va muriendo, un cuervo?

¿a qué se parece un silencio cuando nace?



Dime, T..., que tú tampoco llegaste

a los vértices caóticos de aquel infierno.

( y que has venido este jueves para quedarte)




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domingo, 7 de abril de 2013

de corceles y destinos...

Relato presentado al "III certamen de relato corto... para mesilla de noche", convocado por el blog esta noche te cuento. El tema del concurso en abril es "Caballeros".

-¿Cómo es que últimamente vienes tan a menudo a verme? ¿Ya no tienes trabajo?

-La verdad es que no, -contestó Rocinante a su amada- desde que Dulcinea aceptó casarse con él, mi amo ya no es quien era. Ha dejado de perseguir sueños.

-Ciertamente, -relinchó la yegua- ya no quedan caballeros...


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